La problemática a la que se enfrenta España en
el terreno energético ha sido profusamente diagnosticada
por diversas instituciones públicas y privadas durante
los últimos años. En su mayor parte, esta problemática
admite poca discusión ya que se visualiza claramente
de un análisis cuantitativo de la estructura de la demanda,
de la oferta y de los sistemas físicos, administrativos,
jurídicos y económicos que soportan las transacciones
del mercado energético. Por ello, resulta relativamente
curioso, lo relativamente poco que se ha hecho en los últimos
años por solucionar los principales problemas, así
como las claras interferencias existentes entre las soluciones
cuasi-óptimas que pueden identificarse en base a criterios
técnicos y económicos y la actuación de
la Administraciones competentes y, en términos más
generales y del discurso mantenido por los partidos políticos.
En este sentido resulta desolador que no se trate la política
energética como lo que debería ser: un asunto
de Estado, cuyos efectos se dejan sentir durante décadas
y que debería estar poco sujeto a los vaivenes políticos.
Una de las circunstancias que caracterizan la situación
energética de España es la del prácticamente
continuo crecimiento de la demanda primaria que se viene produciendo
en España durante las últimas décadas.
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Este aumento ha ido a la par, claramente, al bienvenido aumento
del Producto Interior Bruto y de la Renta Per Cápita
que, afortunadamente, ha crecido –casi sin excepción-
por encima de la media comunitaria desde mediados de los años
80. Este crecimiento de la demanda ha situado a España
en su lugar natural: el quinto país Europeo en términos
de demanda total. Demanda, además, que valorada en términos
relativos, se sitúa en la media Europea y por debajo
de algunos países de una geografía similar a la
nuestra como es la de Francia. Es decir, España habrá
de seguir creciendo su nivel de consumo, porque todavía
aspiramos a aumentar nuestra renta per capita, nuestro nivel
de confort y porque cada día somos más los que
vivimos en este país. Y, de nada de ello debemos avergonzarnos,
sino todo lo contrario.
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